Javier Luque Ruiz encarna la esencia de la calle Pureza, habiendo pertenecido a nuestra corporación desde su nacimiento. Su vida espiritual ha permanecido ligada de forma indisoluble a la Real Parroquia de Señora Santa Ana, templo donde recibió los sacramentos del bautismo, la confirmación y el matrimonio. En su condición de padre de dos hijos, se consagra diariamente, junto a su esposa, a inculcarles el amor y la devoción hacia nuestros Sagrados Titulares.
Su compromiso es heredero de una larga tradición familiar. Su padre, Manuel Luque Rodríguez, sirvió a la Hermandad en sucesivas juntas de gobierno bajo los mandatos de D. Alfredo Álvarez Mensaque, D. José Manuel Campos y D. Ramón León. Asimismo, su madre, M.ª Carmen Ruiz Librero, desempeñó una labor fundamental en el taller de costura, colaborando estrechamente con las insignes camareras Anita Ruesga Salazar y Reyes Franco de la Rosa.
Poseedor de una visión integral de la cofradía, Javier participó activamente en la juventud y en el cuerpo de acólitos, asistiendo a hitos tales como el Santo Entierro Magno de 1992 o el histórico encuentro de las dos Esperanzas en la catedral en la primavera de 1995. Su servicio se ha extendido al cuerpo de diputados y a la priostía de nuestra Hermandad, labores que le han permitido adquirir un conocimiento profundo de la logística y el montaje de nuestra cofradía. También es hermano de la Hermandad del Rocío de Triana.
En el ámbito civil, Javier es técnico superior en alimentación y bebidas y desempeña su labor como responsable comercial en una multinacional del sector. Esta trayectoria profesional le otorga una notable capacidad organizativa, dotes de mando y una acentuada vocación de servicio, cualidades todas ellas indispensables para la gestión del gran tesoro que representa nuestra cofradía.
El proyecto de Javier para la Diputación Mayor de Gobierno trasciende la mera organización logística para constituirse en una verdadera atención integral al hermano. Su propósito fundamental es humanizar la cofradía, adaptándola a las necesidades vigentes mediante una gestión del itinerario y del avituallamiento que priorice el bienestar del nazareno, bajo el prisma de la caridad y la cercanía.
Esta vocación de servicio se nutre de su profunda dimensión espiritual como miembro activo del movimiento Emaús, cuya esencia -la apertura del corazón y el encuentro con el Señor- impregna su visión de la Hermandad. Para Javier, el cuerpo de nazarenos no constituye una simple formación ordenada, sino una comunidad de fe que debe ser custodiada y formada, con especial énfasis en las nuevas generaciones. Aspira, en definitiva, a que la estación de penitencia sea un testimonio auténtico de amor a nuestros Sagrados Titulares y un sendero de apertura espiritual para todos los hermanos, sin distinción alguna.
